Carla Bruni: de la pasarela al Elíseo

Antes de ser la Sra. de Sarkozy y de convertirse en la Primera Dama de Francia, Carla Bruni pertenecía a esa élite de modelos que junto a Cindy Crawford, Claudia Schiffer, Naomi Campbell y Linda Evangelista, coronó con su felina mirada las portadas y las pasarelas internacionales en la década de los noventa.
La otrora maniquí italiana, que fue una de las musas del maestro Yves Saint Laurent, reemplazó en 2008, los tacones de 10 cm, los vaqueros rotos, su largo cabello despeinado y sus romances esporádicos con Mick Jagger y Eric Clapton, por bailarinas de Christian Loubutin, trajes de Dior, unos centímetros menos de melena y la estabilidad de estar casada con el Jefe de Estado de uno de los países más influyentes de la geopolítica europea.

Y es que la transformación de Carla Bruni tanto en su estilismo como en la manera de desenvolverse por los pasillos del Palacio del Elíseo, más que generar suspicacias dentro de sus detractores, ha despertado la admiración de los amantes de la moda, que aplauden la elegancia y la sofisticación de una mujer que ha aprendido a evolucionar su imagen de grupi bohemia, por una de Primera Dama.

Más allá de convertirse en una embajadora de excepción del haute couture francés, Bruni ha impregnado con un allure especial,- propio de las diosas de la pasarela-, las altas esferas de la política mundial, madurando un estilo clásico y nostálgico, de chaquetas en corte A, faldas rectas a la altura de las rodillas, y vestidos largos de líneas suaves, que nos recuerdan a iconos como Jacky Kenedy o Audrey Hepburn, que si bien nos encanta, hay algo que indica que dentro de ese estilismo no fluye en realidad, la personalidad de quien lo luce.

Aún cuando look de la Sra. Sarkozy no se destaca precisamente por su originalidad, debido a que recupera tendencias en vez de crearlas, lo cierto es que la estética de Carla Bruni adapta la norma del dress code de la política con lo más exclusivo de la moda de alta gama, un hecho que aplaudimos, pero que gustaría más si se permitiese fluir un poco a aquella Carla de melena suelta. La misma que enfundada en un impecable traje sastre negro le cantó al líder suramericano Nelson Mandela por su cumpleaños. Una mujer más terrenal y natural, que se aleja de la imagen de Jacky’ O, almidonada y prefabricada que los asesores de imagen del gobierno francés se empeñan en venderle al mundo, para ver si así, sanean un pasado lleno de altibajos, desenfrenos y muchos amores.

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